Por: Ricardo Chica Gelis
ricardo_chica@hotmail.com
Artículo publicado en la revista Dominical de El universal de Cartagena el 3 de enero de 2008
Así se titula uno de los documentales que están circulando por Discovery Channel para conmemorar la revolución cubana, que por estos días cumple 50 años. El programa consiste en la historia de vida del fotógrafo nacido en Nueva York, Roberto Salas. Me recordó la vida de ciertos hijos de fotógrafos cartageneros como Álvaro Delgado y Jorge Moreno quienes heredaron de sus progenitores, el oficio de la captura de imágenes. Y así, se han pasado mirando la vida y lo que ocurre en ella.
Oswaldo Salas, papá de Roberto, tenía un estudio fotográfico en Harlem. Hasta allá llegó Fidel Castro buscando plata para financiar la revolución y le fió a Robertico un paquete de fotos por 10 dólares. Un par de años más tarde, la madrugada del primero de enero de 1959, Robertico se enteró de las andanzas de Fidel y le dijo a su padre que iría a registrar lo que ocurría en la isla. Allá lo reconoció Fidel y allá se quedó hasta el día de hoy. Ha ido con Fidel a todas partes y ha sido testigo privilegiado de la historia de Cuba y del mundo. Cuando Roberto llegó a La Habana, tenía 18 años y Fidel 32.
De la manera más desenfadada y desprevenida, Roberto da su testimonio y uno comprende por qué en Cuba se dio la revolución con mayúscula. Es más, la única revolución en la historia de América Latina, porque las guerras de independencia de España no fueron más que un cambio de manos entre una élite nacida en la península ibérica y una élite criolla. La revolución cubana implicó la deposición del statu quo, la extirpación de la élite dominante y tradicional, el cambio total de sistema. Se invirtieron los factores, en especial, en lo concerniente a la reforma agraria: se hizo realidad el postulado de la tierra para quien la trabaja. Todo ocurrió en el marco de la guerra fría lo que, en parte, explica porqué los barbudos se fueron a los brazos de la extinta Unión Soviética.
Roberto, en su doble condición de gringo y cubano, posee una envidiable perspectiva de la complejidad de las cosas y su devenir. Una perspectiva, incluso, irónicamente divertida sobre todo lo que ha pasado en estos 50 años de revolución y para ello no tiene pelos en la lengua: “Ni Chávez, ni Ortega, ni Evo, ni Correa se pueden comparar con Fidel. A Fidel hay que compararlo con Lincoln”.
En 1993 llegué a la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños, un pueblo que queda a dos horas de La Habana. Y, es que, cuando uno –como cartagenero y caribeño- llega a la isla, siente de alguna forma, que viaja de Cartagena y llega a Cartagena. Sin duda se comparten una serie de modos y prácticas culturales en la vida cotidiana. Eso lo sentí especialmente en la forma de preparar los alimentos y en la arquitectura colonial de la ciudad antigua. Y también, en la forma en que se establecen relaciones de amistad o vecindad en los barrios. Cuando uno llega a la isla, le gustan muchas cosas y otras, definitivamente, no. Por ejemplo: esa sensación de estar preso todo el tiempo, sin poder decir en voz alta lo que uno cree del gobierno. Me pareció asfixiante. Uno no puede gritar en la calle ¡Abajo Fidel! Los estudiantes cubanos, compañeros en la escuela, eran muy cautos y pasaban muertos del susto.
1993 en Cuba fue, quizás, el momento más cruel del llamado “período especial”, que consiste (porque todavía está vigente) en disposiciones del gobierno para sostener económicamente el sistema socialista y controlar de forma más férrea a la sociedad, en medio de la más pavorosa escasez material. Cuando llegué a Cuba tenía 100 kilos de peso. Dos meses después pesaba 55 kilos. Recuerdo que, en una ocasión, duré tres días sin comer porque aunque tenía plata, no había comida. Me tocó entrar a un hotel y pagar 20 dólares por un pedazo de carne con papas hervidas y una coca cola. Tengo que aclarar que cuando uno llega a la escuela de cine lo tiene todo. Todo es todo. Es un lugar fascinante porque uno tiene contacto con estudiantes y profesores de todas partes del mundo y, literalmente, no se habla y no se hace otra cosa que cine y televisión todo el día, todos los días.
Menos mal que mi padre, en su infinita sabiduría, se le ocurrió meter en mi mochila 120 paqueticos de café almendra tropical. Me salvaron la vida, pues, cuando decidí quedarme un mes más, cambié cincuenta paqueticos de café por un apartamentico en el barrio Centro Habana, en compañía de una pareja de estudiantes peruanos.
El sistema educativo y el sistema de salud son una maravilla de otro mundo. En la escuela teníamos a los mejores docentes que se podían disponer en la isla, en América Latina e, incluso, en Europa. Allí mismo teníamos un grupo permanente de médicos y terapeutas. Pero, no había transporte. Para comer una bola de helado tuve que hacer una fila como de dos cuadras y me la despacharon en un papel cartón. Unas cosas por otras, piensa uno. Pobreza y diferencia de clases sociales existen, pero, no en las condiciones tan extremas como las tenemos aquí.
Así, con hambre y caminando por todo Habana, entré al museo de la revolución y me encontré con una inmensa reproducción de la foto de Ernesto “Che” Guevara, tomada por Alberto Díaz (Korda) en 1961 y que gentes del planeta entero convirtieron en un icono. Al respecto Roberto Salas comenta: “Aquella foto fue tomada durante un funeral y circuló profusamente después de la muerte del ‘Che’. Korda tomó la foto y la gente la convirtió en un mito, en un icono por toda la emancipación que representa”.
Cincuenta años después, en el contexto de la “guerra contra el terrorismo”, la revolución cubana queda instalada en una encrucijada. “Es que la palabra terrorismo es de una ambigüedad absurda” Dice Salas. “De una parte el terrorista es un delincuente, un asesino. Pero de otra parte es un luchador por la libertad. Todo depende de ángulo con que se mire”. Concluyó el fotógrafo. Lo valioso de todo esto es que, al menos, podemos ver un documental de este tipo por Discovery Channel que, por demás, está hecho por un equipo de realizadores gringos.
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